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Tejiendo memorias vivas en La Delfina, Buenaventura

 

 

“Dice mi abuela que anteriormente los árboles lloraban porque ellos tenían vida. 

Por ellos es que nosotros respiramos. 

La naturaleza es el conocimiento de nosotros, porque sin ella no somos nada. 

Esa es la fuerza de nosotros” 

 

A un poco más de una hora del puerto de Buenaventura, uno de los centros económicos más importantes del país, y paradójicamente uno de los lugares más olvidados de esta Colombia profunda que pocos reconocen, se impone un panorama que pocos viajeros tienen oportunidad de detallar en su paso por la vía que va hacia Cali. Ante nuestros ojos, se descubre un oleaje de montañas boscosas en las que se escucha el rugido del viento y el movimiento del ramaje de los árboles, los susurros de las quebradas que nacen monte arriba y el canto del Río Dagua al golpear con las rocas. 

 

Allí, el bosque húmedo tropical no sólo acoge a cientos de especies que hacen de este ecosistema su hogar, el más biodiverso del mundo, sino que también esconde cientos de historias: las de la migración, la guerra y el exilio, las de las grandes construcciones, el ferrocarril y las minas, las de la resistencia, la organización y también las de los sueños. 

 

Por ello, biodiversidad es la mejor palabra para hablar de La Delfina, una vereda en la zona rural del municipio de Buenaventura. Variedad de formas de vida -humanas y no humanas-. Allí, la biodiversidad -particular del Chocó Biogeográfico- y la diversidad de culturas y modos de vida, se encuentran en un solo lugar del mapa para darle magia a este territorio, el mismo que ha sido afectado por el conflicto y signado por la violencia, el abandono estatal y la desigualdad estructural. Un territorio en el que a pesar de que la muerte ha marcado la vida de todos sus habitantes, es la vida la que brota en cada rincón y en cada sonrisa de mañana, en cada canto, en cada baile, en cada proyecto y en cada sueño. 

 

¿De qué hablamos cuando hablamos de territorio? ¿Cuál es el lugar de la naturaleza en las múltiples visiones de territorio que la gente de un lugar apropia y construye? ¿Qué significados evoca y qué memorias lo atraviesan? ¿Cómo lo dibujan y lo imaginan quienes lo habitan, después de haberlo caminado? ¿Cómo lo sienten y cómo lo sueñan?

 

Con estas preguntas palpitando llegamos a la vereda de La Delfina, con la intención de hablar de memoria ambiental en el marco del proyecto Tejedores de Vida que desarrollamos actualmente, en compañía del Servicio Jesuita a Refugiados - Colombia y a la Asociación de Colegios Jesuitas - ACODESI, con el apoyo de la Unión Europea en Colombia, en el marco de su compromiso al fortalecimiento de la Sociedad Civil Colombiana Hoja de Ruta en Colombia. Allí desarrollamos dos Encuentros de Memoria Ambiental con las instituciones educativas que participan en el proyecto (I.E. Francisco Javier Cisneros y la I.E. Nachasín) y convocamos a familiares, docentes y líderes y lideresas a caminar el territorio y la palabra de los mayores para comprender cuáles son los problemas socioambientales que hoy enfrenta el territorio y reconocer los procesos comunitarios que están apostándole a la construcción de paz ambiental con la intención de tejer puentes entre las formas de organización propia y participación comunitaria y los colegios que hacen parte del proyecto.

 

 

La Delfina es habitada por dos comunidades organizadas: el Consejo Comunitario Alto y Medio Dagua y el Cabildo Indígena Nasa Kiwe (al que pertenecen indígenas de los pueblos Nasa, Embera Chami, Inga y Wounaan Nonam). La historia de poblamiento de sus tierras estuvo signada por la migración de familias afrodescendientes que colonizaron estas tierras montañosas, y posteriormente, por la llegada de familias indígenas provenientes, en su mayoría, del Norte del Cauca, víctimas de un exilio forzado a causa de la guerra en su territorio ancestral. Allí, y el río y sus quebradas, esas extensas venas del bosque, permitieron crear asentamientos prósperos en tierras, agua y comida, lo que convirtió este lugar en un hogar acogedor para quienes llegaban, a pesar de las dificultades que el monte indómito les imponía.

 

Sin embargo, la guerra lo cambió todo. Pero no sólo la que hicieron con fusiles, sino también con dragas, retroexcavadoras, oleoductos y carreteras. A La Delfina, llegó el desarrollo con rostro de progreso mientras que la fauna y la flora empezaron a destruirse, mientras aumentaba el desempleo y inseguridad alimentaria, y mientras la riqueza que las familias encontraban en la tranquilidad, la seguridad, la diversidad y conservación de los recursos naturales y la alegría de recorrer el monte y bañarse en los ríos y quebradas sin ninguna preocupación, se empezaron a disolver por la maquinaria del llamado progreso.

 

Fue esto lo que motivó la organización de la gente a través de figuras de participación comunitaria como el Consejo y el Cabildo, plataformas desde las cuales las familias han aprendido a vivir en y con el medio natural que los rodea, y que hoy por hoy, trabajan en apuestas colectivas (educativas, políticas, ambientales y productivas) para hacer de este paraíso, un lugar en el que quedarse no sea solo una opción, sino también un sueño. Esta es la visión de desarrollo que indígenas y afro comparten y defienden: la gestión autónoma y soberana del territorio, la paz, la armonía entre los pueblos y la armonía con la naturaleza.

 

“Yo diría que hay una política de Estado que es emigratoria. Quieren que la gente salga de acá, y por eso necesitamos formación para seguir subsistiendo acá. Eso es uno de los principios. Que no nos saquen de nuestro espacio porque acá tenemos las condiciones para quedarnos. Tenemos todo para vivir, y vivir bien, pero desafortunadamente, no conocemos lo que tenemos y tampoco lo valoramos y preferimos ir por allá a mendigar un jornal mientras que los ojos del mundo están puestos en el Chocó biogeográfico. Eso lo tenemos que hacer. Si el que se va formando se va yendo. ¿Quién va a tener argumentos para defender el territorio?”. Presidente del Consejo Comunitario Alto y Medio Dagua

 

 

Así, los retos que supone conocer el territorio para poder defenderlo, implican primero aprender a reconocerlo, sentirlo, caminarlo y escuchar las voces de quienes lo caminaron antes que nosotros y lo conocen tan bien que podrían hacerlo con los ojos cerrados. Con este objetivo, se propiciaron espacios para el diálogo intergeneracional en cada uno de los encuentros con las instituciones educativas, al tiempo que se realizaron talleres y recorridos ambientales que fueron escenarios oportunos para el reconocimiento del territorio y de las problemáticas socioambientales que atraviesan las comunidades, como la deforestación, la contaminación de las fuentes hídricas (en especial del Río Dagua y de las quebradas que lo alimentan), las disputas por el control territorial y los usos de los recursos naturales, y la guerra misma que se reactiva e impacta todas las formas de vida que habitan el territorio.

Caminamos entonces los lugares que habíamos dibujado, y de pronto esa visión del mapa que estábamos haciendo, empezaba a ampliarse y a tomar un sentido más profundo con el hecho de caminar esos lugares y decir “mi territorio no es solamente mi casa, sino que va hasta allá hasta esa puntica donde yo estuve con las compañeras y compañeros”. 

 

“Territorio para nosotros no solo es la tierra sino es el lugar donde nos preparan para la vida, ahí nos enseñan como trabajar la tierra y cómo vivir de la producción y que hay que saber cuidar ese territorio y aprender a convivir con otros seres vivientes de la naturaleza, el territorio en cortos aspectos debe mantenernos bien pero al cuidado de la naturaleza” (Estudiante de la I.E. Nachasín, Cabildo Indígena Nasa Kiwe)

 

El territorio se vive entonces cuando se teje una atarraya para ir a pescar, se vive en la preparación de un viche y en el conocimiento profundo de cada una de las plantas que habitan el bosque, se vive en la relación íntima que estas comunidades tienen con el agua y la conciencia de cuidado y protección del lugar que se habita, en las tardes de baño en la quebrada con los amigos y la familia, en las caminatas monte adentro y en los sueños que se dibujan a varias manos para visualizar el futuro de los lugares importantes para la comunidad. El territorio se hace y se construye en la consciencia de que cada ser que habita el bosque está vivo y tiene derechos, de que todos somos iguales, que la fortaleza es la unidad y la naturaleza es la fuerza.

 

¿Qué lugar ocupa la memoria ambiental en el reconocimiento y la defensa del territorio?

 

A través del proceso de reconstrucción de la memoria ambiental en las comunidades y de los territorios que habitan, logramos hallar el sentido del vínculo histórico entre la naturaleza y la vida en el campo. Por ello, a pesar de las de las diferencias entre el Consejo Comunitario y el Cabildo, es posible afirmar que en La Delfina se ha construido una identidad y un vínculo con el territorio a partir del trabajo de la tierra, y mediante la apropiación de espacios comunes en los que la vida cobra sentido. Reconocemos entonces, que los recursos naturales son el principal medio de vida para ambas comunidades, y son también el medio de encuentro, de diálogo y de creación. Son pues, lugares en los que recrea la vida y se crea significado. 

 

“Para nosotros los sitios sagrados los hemos puesto como los nacimientos y las quebradas, aunque todo el territorio para nosotros es sagrado, porque de allí de nuestra madre tierra es que vivimos nosotros, porque nos produce aire, nos produce alimentos y mucho más. Entonces poco a poco nos estamos destruyendo a nosotros mismos” (Profesor I.E. Nachasín)

 

Es entonces a partir de los lugares de encuentro que se pueden resignificar colectivamente las luchas compartidas para unificarlas y crear otras formas de ordenamiento territorial que hagan de la memoria un eje fundamental y un punto de partida para encontrar lo común y generar un diálogo conexo entre indígenas y afro. A partir de este diálogo, es posible reconocer y visibilizar las memorias vivas que han asegurado la permanencia de la gente en La Delfina, así como las transformaciones históricas de los ecosistemas y el lugar de los saberes propios y la organización comunitaria en la defensa del territorio. De este modo, la memoria ancestral se asume como eje pedagógico para la reapropiación del territorio, pues es desde el diálogo y el intercambio de historias y saberes que se reconoce y se camina también el territorio, y por ello el lema de los encuentros de memoria fue “Ser guardianes de la memoria”, entendiendo guardianes como sembradores que actualizan las palabras de los mayores para llevarlas a las generaciones venideras, mantener viva la memoria y renovarla a través de la acción, la palabra y el pensamiento.

 

En este sentido, reconstruir la memoria ambiental de La Delfina, implica reconocer y re-apropiar su riqueza natural y cultural, comprendiendo la infinita capacidad de la naturaleza para crear vida, así como la enorme potencialidad de su gente para crear caminos de diálogo, consciencia y reconciliación con el medio y con los otros, teniendo en cuenta que la memoria es también un campo de disputas y tensiones. En definitiva, implica sumergirnos en la poética del territorio y las memorias que lo atraviesan, sentipensar los relatos de los ancestros y los sueños de los jóvenes, pues todos ellos le dan vida a esta Colombia anfibia, resistente y resiliente. Mirar hacia el pasado con los ojos puestos en el futuro que está por caminar.

 

 

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